No seré yo quien me alegre de la
muerte de nadie, pero no cabe duda de que hay muertes que pueden suponer un
alivio tremendo para la sociedad. El 29 de septiembre de 1833, tal día como
hoy, murió en la cama Fernando VII de Borbón, uno de los personajes más indeseables
que ha dado nuestro país. Un hombre que traicionó a su pueblo, a su padre, a
sus aliados... que aplaudió servilmente las batallas libradas por Napoleón contra
los españoles que morían en su nombre, y que después de su muerte dejó como
legado una serie de guerras civiles que continuaron ensangrentando a España
durante varias décadas.
La Filatelia española rindió
homenaje al Rey Felón en la serie de 1978 de los Reyes de España. Casa de Borbón (Edifil 2496-2505), que, como es
evidente, comenzaba en Felipe V y concluía en Juan Carlos I. A Fernando VII le
correspondió el valor de 15 pta (Ed. 2501). Una serie bastante elegante, donde
las efigies de los Reyes -y Reina, Isabel II- aparecen acompañados de la Corona
y rodeados de flores de lis.
Antes de la serie
de homenaje a los Borbones, Fernando VII había aparecido dentro de la serie de
pintores españoles dedicada a Vicente López de 1973 (Ed. 2146), en otro de
cuyos sellos se recordó a su tercera esposa, María Amalia de Sajonia (Ed.
2152) (vid. más adelante en este mismo texto).
En la serie no aparece Juan de
Borbón y Battenberg, hijo de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos I, porque no
llegó a reinar. El hueco dinástico se cubrió años después con un sello de
homenaje al conde de Barcelona (Ed. 3264) en 1993, el año de su fallecimiento.
En 1979, un año después de la serie de los Borbones, se emitió una serie sobre la Casa de Austria (Ed. 2552-56), con los cinco monarcas de dicha dinastía, entre el emperador Carlos -identificado como Carlos I, en vez del acostumbrado Carlos V- y su tataranieto Carlos II el Hechizado.
Carlos II, más valioso que Carlos I
únicamente en Filatelia
Por el momento, la Filatelia
española ha pasado de largo por José I Bonaparte, lo que podría justificarse por
su calidad de Rey intruso. En cuanto al otro extranjero, Amadeo I de Saboya -elegido por las Cortes de manera
democrática-, hay que recordar que cuando empezó a reinar (1871) ya existía la
Filatelia. Hay una serie básica de 12 valores (Ed. 118-129; algunos de ellos
también sin dentar), con un valor de mercado bastante elevado.
Como curiosidad, la cuarta y última
mujer de Fernando VII, la reina María Cristina de Borbón, ha aparecido en
varias ocasiones a lo largo de los años. Por ejemplo, como motivo de uno de los
cuadros de la serie de Fortuny de 1968 (La
reina Cristina, Ed. 1863). También apareció en una serie de 1987, sobre el 175 Aniversario de la Constitución de Cádiz
(Ed. 2889-92); un sello compuesto por tres tercios de un cuadro en el que
se ve a la Reina Gobernadora jurando la Constitución, más un cuarto sello
alegórico.
Por si algún lector quiere recordar
algún dato sobre la vida de Fernando VII, adjunto a continuación su reseña
biográfica.
FERNANDO
VII de BORBÓN y PARMA
El Escorial, Madrid, 1784 - Madrid, 1833
Rey de España (1808; 1814-33)
Fernando VII nació el 14 de
septiembre de 1784. Descendía de Felipe V de Borbón por las líneas paterna y
materna, ya que sus dos abuelos eran hermanos. Uno fue Carlos III, padre de
Carlos IV, y el otro Felipe I de Parma, padre de María Luisa de Parma. También
descendía en línea directa del rey Luis XV de Francia.
Fue el noveno hijo (quinto varón) de
los catorce que tuvieron Carlos IV y María Luisa, pero se convirtió en Príncipe
de Asturias porque los varones mayores murieron en la infancia. De entre sus hermanos
se puede destacar a los infantes Carlota Joaquina (casada con Juan VI de
Portugal), María Amalia (casada con el regente Antonio Pascual de Borbón) ,
María Luisa (casada con Luis I de Etruria), Carlos María Isidro (pretendiente
al trono como rey Carlos V de España), María Isabel (casada con Francisco I de
las Dos Sicilias) y Francisco de Paula (padre del príncipe Francisco de Asís,
esposo de Isabel II).
Todo lo que se podía decir de este cuadro ya está dicho;
¡ en qué manos estaban nuestros tatarabuelos !
Fernando VII se casó en cuatro ocasiones. La primera (1802), con María Antonieta de Nápoles, o de Borbón Dos Sicilias (Nápoles, Italia, 1784 - Aranjuez, Madrid, 1806), hija de los reyes Fernando IV de Nápoles y María Carolina. Los cónyuges eran primos hermanos, porque Fernando IV era hermano de Carlos IV. La Princesa de Asturias -pues no llegó a ser Reina- murió de tuberculosis pocos años después, sin dejar descendencia.
La segunda boda se celebró en 1816,
cuando Fernando ya era Rey de España. La elegida fue su sobrina Isabel de Braganza o de Portugal
(Lisboa, Portugal, 1797 - Aranjuez, Madrid, 1818), hija de Juan VI de Portugal
y de Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII. A esta Reina prácticamente
desconocida, de la que dicen que era fea y desgarbada, se debe la creación del Museo del Prado. En
1817 dio a luz una niña, que recibió el nombre de María Luisa, y que falleció
unos meses después, en 1818; el historiador Ferran Soldevila indica que la
Reina le dio una segunda hija, que sólo vivió unos minutos (Historia de España -volumen III-,
Ediciones Crítica, pág. 184, nota 54a). La Reina murió ese mismo año, de un mal
parto. Dos de sus hermanas se casaron sucesivamente con el futuro pretendiente
Carlos V.
María Josefa Amalia de Sajonia (Dresde, Alemania, 1803 - Aranjuez, Madrid, 1829) fue la tercera mujer de Fernando VII, con la que se casó en 1819. Era hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Parma. Había pasado toda su corta vida en un convento de monjas, por lo que su desinterés y recelo hacia el sexo han pasado a la Historia. Según explica el investigador F. Susarte, "cuando el rey insistía en mantener relaciones, ella las eludía con un ¿por qué no rezamos un rosario, Fernandito? Y al rosario seguían jaculatorias, plegarias y demás, hasta que don Fernando, bufando y echando venablos por su boca, cosa que hacía con bastante frecuencia, abandonaba la alcoba" (F. Susarte, Bodas y partos de las Reinas de España; editado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert; pág. 305). Parece ser que tuvo que intervenir el propio papa León XII para explicarle a la Reina que las relaciones sexuales dentro del matrimonio no eran un pecado mortal, sino algo necesario para la propagación de la especie. También se le tuvo que explicar en qué consistía exactamente el acto sexual, porque hasta aquel momento había considerado que la penetración era un capricho espantoso, algo propio de gente depravada y sin religión. María Josefa Amalia falleció en 1829, de una enfermedad, sin haberle dado descendencia al Rey.
María Amalia de Sajonia
La cuarta y última boda de Fernando VII se celebró en 1829, con otra de sus sobrinas: María Cristina de Borbón, o de Nápoles (Palermo, Italia, 1806 - Saint Adresse, Francia, 1878), hija de Fernando IV de Nápoles y de María Isabel, infanta de España. Fue ésta quien por fin le dio descendencia: el 10 de octubre de 1830 nació Isabel, que acabó sucediéndole como Isabel II, y el 30 de enero de 1832 nació una segunda hija, María Luisa Fernanda, que intervino en política de la mano de su esposo, el duque de Montpensier.
Fernando VII de Borbón ha sido calificado unánimemente como nefasto, por su ineptitud para mantener las colonias, sus luchas con su padre por la Corona, que al final hizo caer a España bajo la invasión napoleónica, su talante antidemocrático e hipócrita, y su ideario absolutista. Su reinado dividió continuamente a los españoles en bandos enfrentados: patriotas contra afrancesados; liberales contra absolutistas; y, a su muerte, carlistas contra isabelinos. Luchó con esfuerzo para conservar todos los poderes políticos, reinando como un monarca absoluto; fue desleal y traidor con los que le apoyaron, y cruel y rencoroso con los que se enfrentaron a él. El monarca al que los españoles apodaron "el Deseado", mientras estuvo preso de Napoleón, fue llamado en años posteriores "el Rey Felón".
Ricardo de la Cierva, historiador monárquico y conservador, le llama, sagazmente, "el Rey Deseado e indeseable" y dice que "por su culpa, añadida a la mala opinión del pueblo contra su padre, el prestigio de la Monarquía española cayó por los suelos dentro y fuera de España. Confieso que cuando veo en los sellos de hoy la efigie del Rey Felón me pregunto qué enemigo de la monarquía habrá tenido semejante ocurrencia" (Acoso y derribo de Alfonso XIII; ARC Editores; págs. 12, 28-29).
Otro historiador, Manuel Tuñón de
Lara, afirma que "no tuvo más objetivo que el de sobrevivir y reinar como
fuere; (...) sabe que no es querido pero (...) no le importa nada. Es el amo y
le basta". Mientras que el investigador Susarte le definió como "de
débil constitución (estuvo a punto de morir durante su infancia); reservado y
frío (jamás se reía); de instintos crueles y negado para la clemencia; de pocas
palabras, receloso y falso"; y le retrató asimismo como fumador
empedernido, "ardoroso (en el sexo) donde los hubiera", y un gran
cliente de los burdeles de más baja estofa (la primera cita, Tuñón de Lara, Otra historia de España, págs. 445-446;
la segunda, Susarte, op.cit., pág.
291 y ss.).
Por su parte, Ferran Soldevila explica lo siguiente: "Acostumbrado al disimulo, a la hipocresía, al rebajamiento, cuando se hallase con poder para hacer lo que quisiese, se vengaría hasta la crueldad de las humillaciones que los demás o su propia cobardía le habían impuesto. Ni piedad ni lealtad hallarían lugar en su corazón para atenuar sus impulsos perversos. Despojado de toda grandeza, la rehuiría en los demás, y encontraría gusto en rodearse de hombres de baja condición, que formarían su camarilla, y en buscar mujeres de condición ínfima, en que hallaría sus placeres (...). El doble juego y el juego sucio fueron sus métodos; pero aun se añadía a ello un goce cruel de engañar a sus víctimas y sentir sus sufrimientos (...). Temeroso también de toda ilustración (...), su reinado se señalaría por un ahondamiento de la ignorancia en todos los ámbitos del país". Soldevila también pone de manifiesto su "externa beatería", la "avaricia" y la "codicia" de Fernando VII, y concluye calificando su reinado como "uno de los períodos más turbios y lamentables de toda nuestra historia" (Soldevila, op.cit., págs. 175-178, 219).
En diciembre de 1788, su padre, Carlos IV se convirtió en Rey de España, y Fernando fue nombrado Príncipe de Asturias. Ya en aquellos primeros años se mostró como un joven falso, ambicioso, servil y desconfiado, cuyas malas condiciones se vieron reforzadas por la pésima influencia de su preceptor, el canónigo Juan de Escóiquiz. Éste le imbuyó además de ideas absolutistas, enemigas de todo lo que significara progreso y libertad. En octubre de 1807, el príncipe anduvo en tratos con Napoleón Bonaparte y quiso deponer al valido de Carlos IV, Manuel de Godoy, pero fue descubierto y consiguió ser perdonado al delatar sin ningún remordimiento a todos sus seguidores (Escóiquiz, el duque del Infantado, el duque de San Carlos, el aguador Chamorro...). El hecho se conoce como la Conspiración de El Escorial.
Manuel de Godoy, por Goya
Después de esta intentona fallida, el 17 de marzo de 1808 provocó el Motín de Aranjuez, que consiguió arrojar del poder a sus padres y al valido. Fernando estaba apoyado por la nobleza, que odiaba a aquel oficial advenedizo, y por el pueblo, que veía en él a una persona decente, buena y con energía para enfrentarse a los franceses. Además, las masas populares estaban hartas de aquel Rey bonachón y débil, dominado por una mujerona antipática y por un valido orgulloso y advenedizo del que se decía que mantenía relaciones sexuales con la Reina.
El príncipe supo aprovechar, además, los momentos de desconcierto que se vivían en la Corte: Carlos IV y Godoy no habían sabido oponerse a las pretensiones imperialistas de Napoleón, que se estaba convirtiendo en amo de toda Europa, y habían permitido que las tropas francesas, mandadas por el mariscal Joachim Murat, ocuparan buena parte de España con la excusa de avanzar sobre Portugal. Cuando el valido se dio cuenta de las auténticas intenciones de los franceses logró que la Familia Real abandonase Madrid para refugiarse en Andalucía; sin embargo, mientras hacían noche en Aranjuez, Fernando consiguió movilizar a sus partidarios. El día 19, Carlos IV reconoció los hechos consumados y abdicó en su hijo. Godoy salvó su vida porque estaba casado con una mujer de la Casa de Borbón, pero fue encarcelado.
Después de la derrota, Carlos y María Luisa pidieron el amparo de Napoleón para que les devolviera el trono. El Emperador, ansioso por intervenir de una forma definitiva en la política española, convocó entonces al matrimonio, a Godoy y al nuevo Rey, que se aprestaron a obedecerle. Fernando VII liberó al valido y partió hacia el norte de España, dejando en su lugar una Junta de Gobierno presidida por su tío, el inepto infante Antonio Pascual. Al llegar a la frontera, Fernando recibió nuevas órdenes de Napoleón, y no dudó en entrar en territorio francés, donde fue hecho prisionero de inmediato.
Mientras el Rey y sus padres estaban en Bayona,
peleándose entre ellos y tratando de ganar el favor de Napoleón, se produjo en
Madrid el estallido popular del Dos de Mayo, en el que destacaron los capitanes
Daoiz y Velarde. Fernando VII se quedó aterrorizado al ver que los españoles
habían invocado su nombre para enfrentarse a Napoleón, y le devolvió de
inmediato la Corona -y, por tanto, cualquier tipo de responsabilidad- a su
padre. De inmediato, éste renunció a sus derechos, y a los de sus
descendientes, en favor del Emperador.
...y mientras tanto, el Rey Felón aplaudía los triunfos de los franceses
Después de este episodio -que se conoce como las Abdicaciones de Bayona-, Napoleón proclamó Rey de España a su hermano mayor, que se convirtió en José I. La primera medida del francés fue convocar a las principales personalidades españolas -parlamentarios, nobles, militares, eclesiásticos, terratenientes, ilustrados- a una Asamblea de Notables, con el objetivo de redactar un texto constitucional: fue el Estatuto de Bayona (1808).
Tras la renuncia, Fernando VII, su hermano Carlos y su tío Antonio Pascual se trasladaron al castillo francés de Valençay, donde pasaron los siguientes seis años (hasta 1814) matando el aburrimiento bordando, paseando y oyendo misa, sin olvidarse de felicitar a Napoleón por sus victorias contra los europeos y los españoles.
La noticia del levantamiento de los madrileños no tardó en extenderse por toda la nación. El mismo día 2 de mayo, la nueva llegó a Móstoles, un pueblo que distaba unas cuantas leguas de la capital. La alcaldía de Móstoles la desempeñaban dos personas, uno por cada estamento: Simón Hernández y Andrés Torrejón. Éste publicó un bando en el que se declaraba la guerra a los franceses y se pedía a todos los españoles que acudieran a defender a la patria. El documento no lo redactó él, sino una alta personalidad que había conseguido escapar de Madrid y refugiarse en Móstoles: Juan Pérez de Villamil.
Los españoles se levantaron en armas de una punta a otra del territorio, incluyendo las colonias americanas; acababa de iniciarse la Guerra de la Independencia, también conocida como la Guerra del Francés. A falta de Gobierno legítimo, se crearon una serie de juntas de ámbito local, comarcal o provincial, como las de Asturias, Galicia, Sevilla, Valencia, Aragón, Extremadura, Granada, Cataluña... El 25 de septiembre de 1808, todas ellas se unificaron en la Junta Central Suprema, que fue presidida en un primer momento por el conde de Floridablanca. Con él estuvo otro de los pensadores de su tiempo, Gaspar Melchor de Jovellanos.
El avance de los franceses obligó a los junteros a refugiarse en Andalucía; después de pasar unos meses en Sevilla, a finales de 1809 se trasladaron a la provincia de Cádiz. Allí se abrieron las Cortes, que en un primer momento actuaron en la isla de León, y después (1811) pasaron a la propia ciudad de Cádiz, bien protegida por su situación geográfica y por la cercanía de la colonia británica de Gibraltar. El 10 de marzo de 1812, las Cortes de Cádiz aprobaron una Constitución liberal, que reconocía la soberanía popular y toda una serie de derechos y libertades fundamentales.
A partir de 1810, las Cortes nombraron varias regencias sucesivas,
que ejercieron la Jefatura del Estado en representación del Rey: la primera,
llamada "Regencia del Quintillo" (29 de enero de 1810), estuvo
presidida por el general Castaños y formada además por Pedro de Quevedo (obispo
de Orense), Francisco de Saavedra, Antonio Escaño y Esteban Fernández de León
(luego sustituido por Miguel de Lardizábal); la segunda (28 de octubre de 1810)
la integraron Pedro Agar, Joaquín Blake y Gabriel Císcar; la tercera (22 de
enero de 1812) la presidió el duque del Infantado, y estuvo compuesta además
por Enrique O'Donnell, el almirante Juan María Villavicencio, Joaquín Mosquera
e Ignacio Rodríguez Rivas; y la cuarta (8 de marzo de 1813) la formaron Agar,
Císcar y el cardenal Luis María de Borbón.
Entre los generales franceses destacaron Murat, Soult,
Ney, Bessières, Duhesme, Junot, Dupont, Suchet, Victor, Marmont, Saint-Cyr,
Moncey, Verdier, Hugo, Lasalle, Lefèbvre, Lannes, Reille, Schwartz... e incluso
el propio Napoleón, que dirigió personalmente las hostilidades en una etapa de
la guerra, hasta que tuvo que volverse a su país forzado por las derrotas que
estaba sufriendo en Europa. El Ejército español recibió el auxilio de los
británicos, encabezados primero por sir John Moore, y luego por el duque de
Wellington. Entre los militares españoles destacaron nombres como Castaños,
Blake, Lacy, Palafox, Cuesta, Areizaga, el conde de España, el barón de Eroles,
San Juan, Álvarez de Castro, Reding, Caro (marqués de La Romana) y Milans del
Bosch, apoyados por guerrilleros como el Empecinado,
Espoz y Mina, Porlier, el médico Palarea, el Charro, el cura Merino, Chaleco,
Chapalangarra... también tuvieron
notoriedad dos mujeres: la madrileña Manolita Malasaña, heroína del Dos de
Mayo, y Agustina de Aragón, defensora de Zaragoza.
La primera batalla formal de la guerra fue la de Cabezón
(10 de junio de 1808), que se saldó con el fracaso de los españoles. Enseguida
(14 de julio) se libró la de Rioseco, que también fue un fracaso para España.
La ruta entre Francia y Madrid quedó abierta, lo que permitió que José I
entrase en la capital. En el mes de junio (días 6 y 14) se produjeron también
las acciones del Bruch, donde los catalanes consiguieron derrotar a los
ejércitos que estaban dominando Levante. En el mes de junio empezaron los primeros
sitios de Gerona y Zaragoza (defendida ésta por el general Palafox).
El acontecimiento crucial en la Guerra de la Independencia fue la batalla de Bailén, que se libró en ese pueblo de Jaén el 19 de julio de 1808, y en el que los ejércitos de Napoleón fueron derrotados por vez primera, después de varios años de triunfos por toda Europa. La noticia se extendió por todas las naciones que estaban amenazadas por el corso, desde Gran Bretaña hasta Rusia, pasando por Italia, Austria y Prusia. El general Dupont y sus 20.000 soldados se vieron obligados a rendirse, y José I tuvo que abandonar la capital, que ahora estaba abierta a los patriotas por el Sur.
El 19 de noviembre, Napoleón en persona ordenó el ataque contra el general Castaños: se libró así la batalla de Tudela, que dio la victoria a los franceses. A los pocos días (30 de noviembre) se produjo la batalla de Somosierra, comandada personalmente por el Emperador, cuyo objetivo era alejar de Madrid a los ejércitos que la estaban defendiendo tras la huida de José I. Napoleón logró la victoria, pero tuvo la prudencia de detenerse antes de entrar en Madrid, ahorrándose los combates callejeros, porque no quería que su hermano asentase su corte en una villa destruida y diezmada. Después de conseguir la rendición de la capital, marchó hacia León persiguiendo a los ejércitos británicos del general Moore, que querían reembarcar hacia Gran Bretaña; finalmente, en enero de 1809 el Emperador regresó a Europa y encomendó esta persecución al mariscal Soult, quien alcanzó a Moore a las afueras de La Coruña, provocando la batalla de Elviña (16 de enero), donde el general británico halló la muerte.
El segundo sitio de Zaragoza comenzó el 20 de diciembre de 1808, también por iniciativa de Napoleón; los franceses rompieron las defensas de la capital del Ebro, pero se enfrentaron a una guerra calle por calle hasta la rendición de la ciudad, tras dos meses de combates. Después de las conquistas de Zaragoza y Barcelona, los invasores decidieron apoderarse nuevamente de Gerona para dejar expedita la ruta entre Francia y la costa mediterránea; el segundo sitio de Gerona empezó en mayo de 1809, y se mantuvo hasta la rendición de la ciudad en el mes de diciembre. Después de "pacificar" el Norte, avanzaron sobre Valencia: el día de Navidad de 1809 se libró la batalla de Sagunto; los franceses del mariscal Suchet atacaron a los hombres del general Blake. Éste tuvo que atrincherarse en Valencia, que fue conquistada a principios de 1810.
Mientras el litoral levantino iba cayendo en manos de los
franceses, en Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía se luchaba por
recuperar Madrid. El 28 de marzo de 1809 se libró la batalla de Medellín, que
produjo una gran mortandad y supuso un esfuerzo por echar a los franceses de
Portugal; fue un anticipo de la batalla de Talavera (27 de julio), donde
Wellington obligó a retirarse a los hombres del general Hugo. El 19 de
noviembre de 1809 se libró la batalla de Ocaña, donde el general Lacy se
enfrentó a los soldados dirigidos por el propio José I.
A principios
de 1810, los franceses avanzaron sobre Andalucía para destruir a Castaños. Fue
entonces cuando los parlamentarios se refugiaron en la ciudad de Cádiz.
Las luchas en el sector de Portugal continuaron con la batalla de Fuentes de Oñoro (5 de mayo de 1811), así como en la zona de Badajoz, que desde finales de enero de 1811 sufrió varios sitios por su importancia estratégica en la ruta hacia Lisboa. Para liberar a los pacenses, Wellington forzó a Soult a enfrentarse a sus efectivos en la batalla de La Albuera (16 de mayo de 1811); el británico hizo huir a las tropas de apoyo, pero no consiguió que evacuaran Badajoz. Un año después, el ataque de Wellington contra los ejércitos de Marmont, que se había adueñado de la zona de Salamanca, provocó la batalla de Los Arapiles (22 de julio de 1812), una de las más conocidas de la guerra. Los franceses tuvieron que retirarse, y José I tuvo que abandonar otra vez Madrid para no caer en manos de las tropas hispanobritánicas. Wellington entró triunfal en la capital de España a mediados de agosto de 1812, pero no se decidió a culminar la persecución; tras permanecer unos meses en la capital, los libertadores partieron hacia el Norte para continuar las campañas, y José I pudo volver a Madrid (noviembre de 1812).
Finalmente, Napoleón le ordenó a su hermano que se marchase de la villa: las derrotas del Emperador frente al mítico aliado de los rusos, el general Invierno, hicieron que la guerra en España pasara a un plano secundario. Napoleón le exigió a José I que le enviase todos los hombres de los que pudiera desprenderse, para luchar en Europa; esto les obligó a abandonar el sur de España. El hostigamiento constante de los ejércitos españoles y las guerrillas forzó a José I a retirarse sucesivamente de Valladolid, Burgos... hasta que consiguió refugiarse en el País Vasco, a las puertas de Francia. El 21 de junio de 1813, José I fue derrotado en la batalla de Vitoria y tuvo que recorrer, prácticamente a la desbandada, los últimos kilómetros de tierra española, que no volvería a pisar.
La
última batalla de la Guerra de la Independencia fue la de San Marcial, en los
alrededores de Pamplona (31 de agosto de 1813). El mariscal Soult, enviado por
José I a reinvadir la Península, no logró pasar de Navarra. Tras la huida de su
Rey, se quedó en España un contingente de tropas concentrado en el área de
Cataluña, hasta su retirada definitiva. El 5 de abril de 1814 fue la última
jornada de la guerra; el Imperio Napoleónico estaba dando las boqueadas, herido
de muerte en España tal y como había predicho José Bonaparte al iniciar su
reinado.
Mientras los últimos franceses resistían a la
desesperada, en diciembre de 1813 Napoleón y Fernando VII firmaron el Tratado
de Valençay: "el Deseado" recuperó el trono de España, a cambio de la
paz entre los dos países y el perdón a los afrancesados (que luego no se
concedió).
Fernando volvió a España el 22 de marzo de 1814: entró
por Figueras, y luego bajó por Gerona, Barcelona y Valencia, dilatando su
entrada en Madrid, donde le esperaba el Gobierno y las Cortes. Para evitar complicaciones dinásticas, obligó a
Carlos IV, a María Luisa de Parma y por supuesto a su odiado Godoy a quedarse
en el exilio hasta su muerte. Cuando llegó a Valencia, el capitán
general, Elío, le recibió como Rey absoluto. Lo mismo hizo el cardenal Borbón,
desobedeciendo las órdenes de las Cortes de que le hiciera jurar la
Constitución de 1812. Tuvo asimismo el acatamiento de varios diputados
absolutistas, que le presentaron el Manifiesto de los persas, un memorial de
agravios en el que abominaban del liberalismo y le pedían que recuperase la
plenitud de sus derechos y reinara de manera absolutista.
Aunque debía su trono y su libertad a la lucha de los
españoles, y a la actuación firme de las Cortes, el Gobierno y las regencias,
Fernando estaba empeñado en reinar sin
ningún tipo de control, como si no tuviera nada que agradecerle a los
ciudadanos. El 10 de mayo aprobó un decreto declarando a la Constitución y a
las disposiciones de las Cortes de Cádiz "nulos y de ningún valor ni
efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos
y se quitasen de enmedio del Tiempo".
Enseguida encarceló a los principales dirigentes
liberales o simplemente moderados, mientras que muchos otros tuvieron que
exiliarse. Prohibió todos los periódicos, restituyó la Inquisición y los
jesuitas, devolvió todos los bienes de la Iglesia, ignoró la separación de
Poderes y dictó leyes y sentencias a su antojo. Estuvo muy influido por su
camarilla, en la que estaban, entre otros, el aguador Chamorro, su preceptor Escóiquiz, el duque del Infantado, el duque
de Alagón, el legado ruso Tatitscheff, y otros personajes, unidos todos por la
adulación que sentían hacia el monarca. En la tabla del final del texto se
proporciona un listado de sus Jefes de Gobierno y responsables de Estado.
Los españoles no estaban dispuestos
a aceptar aquel abuso, aunque proviniera de su propio Rey. Fernando tuvo que
afrontar sucesivos pronunciamientos liberales o moderados: Espoz y Mina en
Pamplona (1814); Porlier en La Coruña (1815); el comisario de guerra Vicente
Richard en Madrid (1816); Lacy y Milans del Bosch en Cataluña (1817); el
coronel Joaquín Vidal en Valencia (1819). Consiguió dominar las rebeliones con
la ayuda de los absolutistas, y ejerció una durísima represión. Los sublevados
fueron encarcelados, ejecutados u obligados a escapar del país.
Durante estos años, España perdió
sus posesiones en América, que quedaron reducidas básicamente a Cuba y Puerto
Rico: en 1811 se emanciparon Uruguay (luego anexionada a Brasil) y Venezuela;
en 1813, Paraguay; en 1816, Argentina; en 1818, Chile; en 1819 se formó la Gran
Colombia (que incluía Nueva Granada, Ecuador y Colombia, con Panamá); en 1821
se separaron México (con Costa Rica y Nicaragua), Perú, Guatemala (con El
Salvador), Honduras y la República Dominicana; y en 1825 nació Bolivia.
Fernando VII nunca reconoció la independencia del continente americano, y por
tanto no hizo el menor esfuerzo por que los nuevos Estados mantuviesen algún
vínculo con la Península.
Simón Bolívar, el Libertador
El 1 de enero de 1820 se produjo el
levantamiento de Las Cabezas de San Juan (Sevilla), dirigido por el coronel
Rafael de Riego. Éste estaba al frente del ejército expedicionario que se
dirigía a América, a combatir a los independentistas. Su descontento por la política
absolutista del Rey, y su recelo por las malas condiciones en que estaban sus
barcos, provocó que se negara a embarcar y se alzara en armas, proclamando la
vigencia de la Constitución de Cádiz. Al principio, el pronunciamiento no tuvo
ningún apoyo explícito; durante dos meses, Riego y sus hombres, secundados por
el general Evaristo San Miguel, anduvieron errantes por España, sin ser
molestados gracias a la pasividad de muchos jefes militares. Por fin, la
revuelta prendió en Galicia, Andalucía y Madrid, y se extendió por toda España,
de manera que el 10 de marzo de 1820 Fernando VII se vio obligado a jurar la
Constitución.
Así se inició el período histórico conocido como Trienio
Liberal o Tienio Constitucional, caracterizado por un avance en las libertades
individuales y colectivas. El Rey hizo un manifiesto solemne, cuyo inicio ha
pasado a la Historia: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la
senda constitucional", y no tardó en convocar a las Cortes. Sin embargo,
las potencias absolutistas, unidas en la Santa Alianza (Francia, Rusia, Prusia,
el Imperio Austro-Húngaro) vieron con desagrado la pérdida de poder real, y los
"abusos" de la nueva era, anticlerical, libertina e igualitaria.
El descontento de la Santa Alianza
se plasmó en el Congreso de Verona (diciembre de 1822), en el que se decidió la
entrada en España de un ejército de voluntarios -los Cien Mil Hijos de San
Luis- mandado por el duque de Angulema, con el fin de derrocar al Gobierno
constitucional y restituir la plenitud de los poderes de Fernando VII. Las
potencias europeas acusaron al Gobierno liberal de haber desposeído al Rey de
sus prerrogativas; de haber sumido a la nación en el caos, la violencia y el
libertinaje; y de haberse convertido en un ejemplo de desobediencia y
revolución para toda Europa.
El 7 de abril de 1823, los hombres de Angulema cruzaron
los Pirineos, y las Cortes se llevaron al Rey a Sevilla, prácticamente como un
rehén. A propuesta de Antonio Alcalá-Galiano, los parlamentarios le declararon
incapaz para reinar, para que no pudiera dictar ninguna orden, y establecieron
una regencia de tres personas: Cayetano Valdés, Gabriel Císcar y Gaspar de
Vigodet. Mientras tanto, por el bando absolutista actuó desde agosto de 1822 la
Regencia de Urgel, integrada, entre otros, por el duque del Infantado, el barón
de Eroles y el obispo de Osma.
Después de varios meses de combates,
el 1 de octubre los franceses liberaron a Fernando VII, que volvió a tener todo
el poder del Estado en sus manos. Comenzó el período recordado como la Década
Ominosa, por lo nefasta y pesada que fue para los que la sufrieron: la
Constitución fue derogada de inmediato, y se volvió a una época dictatorial,
que no acabó hasta la muerte de Fernando. Las propias potencias que le habían
apoyado se sintieron a disgusto por la ferocidad de la represión y el
oscurantismo de que dio gala, e incluso Angulema y Luis XVIII de Francia
criticaron la necedad y el despotismo del Rey de España, más que nada por el
riesgo de enconar nuevamente a las masas con tanta opresión. En aquel período
oscuro llegó a ser delito castigado con la pena de muerte el dar vivas a la
Constitución o a la libertad. La joven dama granadina Mariana Pineda entró en
la Historia tras ser ejecutada por bordar una bandera con lemas igualitarios. En
estos años fueron ejecutados personalidades tan destacadas como el propio Riego
(1823), el Empecinado (1825), Chaleco (1827) o el general Torrijos
(1831), que se sumaron a otros antiguos héroes muertos por orden del Rey, como
Porlier (1815) o Lacy (1817).
Estos últimos años de reinado se
vieron complicados además por los conflictos dinásticos. En 1830, su cuarta
esposa, María Cristina de Borbón, se quedó embarazada, y Fernando modificó los
criterios de sucesión para beneficiar a su descendencia: en el siglo XVIII, su
bisabuelo Felipe V implantó la Ley Sálica, que prohibía el acceso de las
mujeres al trono mientras tuvieran algún pariente varón, fuera en el grado que
fuera. En 1789, Carlos IV aprobó una pragmática sanción -un tipo de norma
jurídica- que derogaba esta norma y permitía que las mujeres pudieran reinar
por delante de sus parientes lejanos: de esta forma, las mujeres tenían que
ceder sus derechos a sus hermanos, pero no así a sus tíos, primos o sobrinos.
Sin embargo, la pragmática sanción no llegó a entrar en vigor, porque no había
sido publicada. En 1830, Fernando VII decidió publicarla; la consecuencia
inmediata fue que el heredero de la Corona, su hermano Carlos María Isidro, se
vio relegado por el fruto del embarazo de la Reina.
De haber nacido un varón, no habría habido ningún problema sucesorio, ya que Carlos habría reconocido que tenía más derechos que él, según las normas históricas. Pero nació una niña, Isabel, y entonces el infante apeló a la tradición y acusó a su hermano de haberle privado injustamente de sus derechos. La situación podría haberse reconducido en 1832, tras el segundo embarazo de María Cristina, ya que, de haber nacido un varón, éste habría relegado a Isabel, y las protestas de Carlos habrían pasado a un segundo plano. Sin embargo, la Reina tuvo una segunda niña, la infanta Luisa Fernanda, e Isabel siguió siendo la heredera de la Corona.
En ese mismo año, la salud de Fernando VII empeoró
fatalmente, de manera que alternaba períodos de lucidez con largas etapas de
inconsciencia, durante las cuales podía morir en cualquier momento. Junto a su
lecho se sucedieron las conspiraciones. El pretendiente contó con el apoyo de
los sectores absolutistas y de buena parte de la Iglesia, lo que obligó a María
Cristina a apoyarse en las facciones liberal y moderada, para defender los
derechos de su hija. Asimismo, algunos militares y políticos absolutistas se
pusieron de parte de la heredera acatando los deseos del Rey. En septiembre de
1832, Fernando sufrió una crisis muy fuerte; María Cristina tuvo que ceder a
las presiones de su entorno, y, entre lágrimas, hizo que el Rey, postrado en la
cama y seminconsciente, derogase la pragmática sanción. Sin embargo, el monarca
se repuso poco tiempo después, anuló la derogación de la ley y persiguió a los
instigadores de aquella medida (su propio hermano y el ministro Tadeo
Calomarde).
Fernando VII murió el 29 de
septiembre de 1833, de un ataque fulminante de apoplejía, y las Cortes
proclamaron Reina de España a su hija, Isabel II de Borbón, encargando a María
Cristina que ejerciera la regencia. Ésta no tardó en casarse con un militar con
el que pasó el resto de su vida, el duque de Riansares. A los pocos días de la
muerte, Carlos hizo un manifiesto oficial reivindicando su derecho al trono y
se proclamó rey Carlos V. De esta forma comenzó la primera de las tres guerras
civiles -guerras carlistas- que iban a dividir a los españoles durante las
próximas décadas.
Jefes de Gobierno y responsables de Estado de Fernando
VII (desde 1814)
Inicio
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Titular
|
Inicio
|
Titular
|
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4 may. 1814
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J.Miguel Carvajal (duque S.
Carlos)
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24 abr. 1823
|
José María Pando
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15 nov. 1814
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Pedro Ceballos
|
25 abr. 1823
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José Manuel Vadillo (interino)
|
|
30 oct. 1816
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José García de León
|
7 may. 1823
|
Santiago Usoz (interino)
|
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14 sept. 1818
|
Marqués de Casa Irujo
|
13 may. 1823
|
José María Pando de la Riva
|
|
12 jun. 1819
|
Manuel González Salmón
|
27 may. 1823
|
Antonio Vargas (interino)
|
|
12 sept. 1819
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Joaquín José Melgarejo
|
7 ago. 1823
|
Víctor Damián Sáez
|
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18 mar. 1820
|
Juan Jabat (interino)
|
2 dic. 1823
|
Marqués de Casa Irujo
|
|
18 mar. 1820
|
Evaristo Pérez de Castro
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25 dic.1823
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Conde de Ofalía
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2 mar. 1821
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Joaquín Anduaga
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11 jul. 1824
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Luis María de Salazar
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23 abr. 1821
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Eusebio Bardají
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11 jul. 1824
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Francisco Cea Bermúdez
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8 ene. 1822
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Ramón López Pelegrín
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24 oct. 1825
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Duque del Infantado
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|
24 ene. 1822
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J.Gabriel Silva (marqués de Sta.
Cruz)
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19 ago. 1826
|
Manuel González Salmón
|
|
30 ene. 1822
|
Ramón López Pelegrín
|
26 ago. 1826
|
Luis María Salazar
|
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28 feb. 1822
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Francisco Martínez de la Rosa
|
30 oct. 1830
|
Manuel González Salmón
|
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11 jul. 1822
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Nicolás María Garelly (interino)
|
20 ene. 1832
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Antonio Saavedra (interino)
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23 jul. 1822
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Santiago Usoz (interino)
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1 oct. 1832
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José Cafranga (interino)
|
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5 ago. 1822
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Evaristo Fernández San Miguel
|
1 oct. 1832
|
Francisco Cea Bermúdez
|
Las fuentes principales para la
elaboración de esta tabla han sido: Fernando García de Cortázar et alt., Breve Historia de España, Alianza Editorial; Urquijo Goitia, Diccionario biográfico de los Ministros
Españoles en la edad contemporánea, accesible en Internet; y la página web
oficial de La Moncloa.












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