13 sept 2012

Próxima estación: los sellos sobre el ferrocarril



Hacía más de un año que no iba en tren de Lorca a Murcia. El trayecto es bastante bonito, flanqueado a la derecha por la sierra de Almenara -que nos separa del litoral aguileño- y a la izquierda por los montes y pinos de Sierra Espuña. Hay campos de alcachofa, lechuga o brócoli; olivos centenarios alineados en una perfecta línea recta, sirviendo de mojón entre los campos; higueras que se desparraman sobre los bancales -ahora, además, con los higos en sazón- y sandías y melones esparcidos que ya no se cosecharán, porque han llegado tarde a la segunda recogida.

 

Cuando el trayecto pasa por las poblaciones importantes -Totana, Alhama, finalmente la ciudad de Murcia- el panorama degenera hasta convertirse en el típico patio trasero de los suburbios. Hay vallas con alambre de espino, ropa tendida en la penumbra, ventanas que dan a un patio o a otra ventana, pintadas, latas de cerveza oxidadas... objetos condenados a acabar su existencia abandonados en las profundidades poco accesibles abiertas por la cicatriz de la vía del tren. Desde la salida de Lorca hasta Alhama, la cicatriz está siendo saneada, y ancheada, por los trabajos de construcción del tren de alta velocidad, el AVE. Se han suprimido pasos a nivel, se han entubado las acequias y se ha llevado la modernidad del siglo XXI a paisajes que llevaban sin modificarse desde que pasó la primera locomotora a vapor.


            La primera parada del tren tras dejar atrás la ciudad de Lorca es la diputación de La Hoya. Un núcleo de población importante, rodeada de huertas, que hasta hace algunos meses contaba con la típica estación secundaria de ladrillo rojo. Sin embargo, cuando miré por la ventanilla del vagón, en vez de encontrarme con la casita que recordaba me encontré con un edificio moderno, de hormigón gris, vidrios ahumados y formar irregulares. Junto a la estación recordaba un paso a nivel con barreras en uno de cuyos rincones, entre las zarzas, aún permanecía la antigua cadena con los discos rojos que se extendían en los tiempos de los guardagujas. Ahora, un paso elevado para coches y peatones ha eliminado un punto más de peligro para los vecinos de la zona.

           Antigua estación de tren de La Hoya (Lorca)
 
 Con la melancolía por los viejos paisajes que desaparecen, y esa propensión a filosofar que nos da el montarnos en un tren, se me ocurrió hacer un pequeño repaso a los motivos ferroviarios en los sellos clásicos españoles. La primera vez que aparece un tren en nuestra filatelia es en 1930, en la serie de 14 sellos conmemorativa del XI Congreso Internacional de Ferrocarriles (Edifil 469-482). Dicho congreso se celebró en Madrid en el mes de mayo; fue inaugurado por Alfonso XIII y clausurado por el Príncipe de Asturias, su primogénito el desdichado Alfonso de Borbón y Battenberg. Entre otras medidas, se tomó la decisión de incluir en la asamblea de los ferrocarriles a Polonia y Austria, y también a Alemania, que en las décadas sucesivas iba a aprovecharse sobremanera -no siempre para bien- de los avances del ferrocarril. La serie española de 1930 está formada por tres motivos diferentes, con valores faciales entre 1c y 10 pta (éste, con un precio de mercado realmente muy elevado).
Para volver a encontrarnos con un tren en un sello español hay que esperar hasta 1948, con una pequeña serie de tres valores conmemorativa del Centenario del Ferrocarril (Ed. 1037-39). Junto a dos motivos ferroviarios, la serie recuerda a José de Salamanca, primer marqués de Salamanca, uno de los potentados más importantes de la regencia de María Cristina de Borbón, que invirtió mucho dinero en el negocio inicipiente del ferrocarril. Como curiosidad, además del barrio madrileño que lleva su nombre, en el estado americano de Nueva York hay una ciudad llamada Salamanca, construida en un importante nudo ferroviario, que también le debe su nombre al empresario.


 







             







En 1958 se emitió una serie conmemorativa del XVII Congreso Internacional de Ferrocarriles, que se celebró también en Madrid. La serie, de seis sellos (Ed. 1232-37) reproduce tres motivos distintos, con trenes pasando por El Escorial, un viaducto en el Despeñaperros y delante del castillo de la Mota (Medina del Campo, Valladolid), un monumento que durante el Franquismo tuvo gran valor simbólico por su vinculación a los Reyes Católicos.


En los años sucesivos, los trenes estuvieron ausentes de los sellos españoles, con una excepción: una aparición -hoy diríamos un cameo- de un tren en uno de los sellos de la serie de los XXV Años de Paz, de 1964. En concreto, en el valor de 2 pta, referente a los transportes (Ed. 1584), donde hay un tren junto a un avión, un barco y un autocar. 


 

Fue en 1974 cuando se volvió a dedicar una emisión a los ferrocarriles. Se trata del sello que conmemora el 125º Aniversario del Ferrocarril Barcelona-Mataró (Ed. 2173), con un valor facial de 2 pta. El sello reproduce una máquina antigua de tren y la imagen de Miquel Biada, un empresario catalán que patrocinó esta línea y la de 1837, en La Habana, que por entonces pertenecía a España y que en buena ley debe ser considerada la línea férrea española más antigua.


 
El ferrocarril protagoniza parte de la serie de 1980 denominada Utilice Transportes Colectivos; el primer valor de la serie, de 3 pta (Ed. 2560) está dedicada al tren, mientras que el tercer valor, de 5 pta (Ed. 2562) se destina al metro, en la primera aparición de este medio de transporte en un sello español.













En 1982 se dedicó una serie al XXIII Congreso Internacional de Ferrocarriles, que volvió a celebrarse en España, aunque no en Madrid sino en Málaga. Se trata de una serie de tres sellos (Ed. 2670-72), con uno de ellos en forma de falso rombo -cuadrado de punta-, en cuya parte superior aparecen dos aves.


















El ferrocarril vuelve a hacer un pequeño cameo en la serie de Grandes Fiestas Populares Españolas de 1985. Al fondo del valor de 17 pta (Ed. 2786), que representa el descenso del río Sella-Arriondas-Ribadesella, aparece un pequeño convoy que periodistas bien conocedores de la zona identifican como un tren fluvial creado en 1945.


 La primera línea ferroviaria española, la de La Habana a Güines de la que hablábamos en párrafos anteriores, fue reconocida dentro de la serie Europa-España de 1988, que le dedicó un valor de 20 pta (Ed. 2953) a dicho trayecto, con una máquina y un ténder de la época.


En los años sucesivos han ido saliendo otras series, como la de 1993 con el Centenario del Ferrocarril Igualada-Martorell, o la de 1995 por el Centenario del Nacimiento de Alejandro Goicoechea, el ingeniero inventor del Talgo. Después de décadas de decadencia de los trenes de cercanías y de mercancías, y de absoluta hegemonía del AVE, la última serie emitida hasta el momento es de septiembre de 2012, y da buena fe del paso del tiempo: se trata de la reconversión de la antigua estación de Alcaudete (Jaén) en la Vía Verde del Aceite, una ruta ecológica por la que ir andando o en bici.




No hay comentarios:

Publicar un comentario