Hacía
más de un año que no iba en tren de Lorca a Murcia. El trayecto es bastante
bonito, flanqueado a la derecha por la sierra de Almenara -que nos separa del
litoral aguileño- y a la izquierda por los montes y pinos de Sierra Espuña. Hay
campos de alcachofa, lechuga o brócoli; olivos centenarios alineados en una
perfecta línea recta, sirviendo de mojón entre los campos; higueras que se
desparraman sobre los bancales -ahora, además, con los higos en sazón- y
sandías y melones esparcidos que ya no se cosecharán, porque han llegado tarde
a la segunda recogida.
Cuando el trayecto pasa por las poblaciones importantes
-Totana, Alhama, finalmente la ciudad de Murcia- el panorama degenera hasta
convertirse en el típico patio trasero de los suburbios. Hay vallas con alambre
de espino, ropa tendida en la penumbra, ventanas que dan a un patio o a otra
ventana, pintadas, latas de cerveza oxidadas... objetos condenados a acabar su
existencia abandonados en las profundidades poco accesibles abiertas por la
cicatriz de la vía del tren. Desde la salida de Lorca hasta Alhama, la cicatriz
está siendo saneada, y ancheada, por los trabajos de construcción del tren de
alta velocidad, el AVE. Se han suprimido pasos a nivel, se han entubado las
acequias y se ha llevado la modernidad del siglo XXI a paisajes que llevaban
sin modificarse desde que pasó la primera locomotora a vapor.
La primera parada del tren tras
dejar atrás la ciudad de Lorca es la diputación de La Hoya. Un núcleo de
población importante, rodeada de huertas, que hasta hace algunos meses contaba
con la típica estación secundaria de ladrillo rojo. Sin embargo, cuando miré
por la ventanilla del vagón, en vez de encontrarme con la casita que recordaba
me encontré con un edificio moderno, de hormigón gris, vidrios ahumados y
formar irregulares. Junto a la estación recordaba un paso a nivel con barreras
en uno de cuyos rincones, entre las zarzas, aún permanecía la antigua cadena
con los discos rojos que se extendían en los tiempos de los guardagujas. Ahora,
un paso elevado para coches y peatones ha eliminado un punto más de peligro
para los vecinos de la zona.
Antigua estación de tren de La Hoya (Lorca)
Con la melancolía por los viejos
paisajes que desaparecen, y esa propensión a filosofar que nos da el montarnos
en un tren, se me ocurrió hacer un pequeño repaso a los motivos ferroviarios en
los sellos clásicos españoles. La primera vez que aparece un tren en nuestra
filatelia es en 1930, en la serie de 14 sellos conmemorativa del XI Congreso Internacional de Ferrocarriles
(Edifil 469-482). Dicho congreso se celebró en Madrid en el mes de mayo; fue
inaugurado por Alfonso XIII y clausurado por el Príncipe de Asturias, su
primogénito el desdichado Alfonso de Borbón y Battenberg. Entre otras medidas,
se tomó la decisión de incluir en la asamblea de los ferrocarriles a Polonia y
Austria, y también a Alemania, que en las décadas sucesivas iba a aprovecharse
sobremanera -no siempre para bien- de los avances del ferrocarril. La serie española de 1930 está
formada por tres motivos diferentes, con valores faciales entre 1c y 10 pta
(éste, con un precio de mercado realmente muy elevado).
Para volver a encontrarnos con un
tren en un sello español hay que esperar hasta 1948, con una pequeña serie de
tres valores conmemorativa del Centenario
del Ferrocarril (Ed. 1037-39). Junto a dos motivos ferroviarios, la serie
recuerda a José de Salamanca, primer marqués de Salamanca, uno de los
potentados más importantes de la regencia de María Cristina de Borbón, que
invirtió mucho dinero en el negocio inicipiente del ferrocarril. Como
curiosidad, además del barrio madrileño que lleva su nombre, en el estado
americano de Nueva York hay una ciudad llamada Salamanca, construida en un
importante nudo ferroviario, que también le debe su nombre al empresario.
En 1958 se emitió una serie
conmemorativa del XVII Congreso
Internacional de Ferrocarriles, que se celebró también en Madrid. La serie,
de seis sellos (Ed. 1232-37) reproduce tres motivos distintos, con trenes
pasando por El Escorial, un viaducto en el Despeñaperros y delante del castillo
de la Mota (Medina del Campo, Valladolid), un monumento que durante el
Franquismo tuvo gran valor simbólico por su vinculación a los Reyes Católicos.
En
los años sucesivos, los trenes estuvieron ausentes de los sellos españoles, con
una excepción: una aparición -hoy diríamos un cameo- de un tren en uno de los
sellos de la serie de los XXV Años de
Paz, de 1964. En concreto, en el valor de 2 pta, referente a los
transportes (Ed. 1584), donde hay un tren junto a un avión, un barco y un
autocar.
Fue
en 1974 cuando se volvió a dedicar una emisión a los ferrocarriles. Se trata
del sello que conmemora el 125º
Aniversario del Ferrocarril Barcelona-Mataró (Ed. 2173), con un valor
facial de 2 pta. El sello reproduce una máquina antigua de tren y la imagen de
Miquel Biada, un empresario catalán que patrocinó esta línea y la de 1837, en
La Habana, que por entonces pertenecía a España y que en buena ley debe ser
considerada la línea férrea española más antigua.
El ferrocarril
protagoniza parte de la serie de 1980 denominada Utilice Transportes Colectivos; el primer valor de la serie, de 3
pta (Ed. 2560) está dedicada al tren, mientras que el tercer valor, de 5 pta
(Ed. 2562) se destina al metro, en la primera aparición de este medio de
transporte en un sello español.
En
1982 se dedicó una serie al XXIII
Congreso Internacional de Ferrocarriles, que volvió a celebrarse en España,
aunque no en Madrid sino en Málaga. Se trata de una serie de tres sellos (Ed.
2670-72), con uno de ellos en forma de falso rombo -cuadrado de punta-, en cuya
parte superior aparecen dos aves.

El
ferrocarril vuelve a hacer un pequeño cameo en la serie de Grandes Fiestas Populares Españolas de 1985. Al fondo del valor de
17 pta (Ed. 2786), que representa el descenso del río
Sella-Arriondas-Ribadesella, aparece un pequeño convoy que periodistas bien conocedores
de la zona identifican como un tren fluvial creado en 1945.
La
primera línea ferroviaria española, la de La Habana a Güines de la que
hablábamos en párrafos anteriores, fue reconocida dentro de la serie Europa-España de 1988, que le dedicó
un valor de 20 pta (Ed. 2953) a dicho trayecto, con una máquina y un ténder de
la época.
En
los años sucesivos han ido saliendo otras series, como la de 1993 con el Centenario del Ferrocarril Igualada-Martorell,
o la de 1995 por el Centenario del
Nacimiento de Alejandro Goicoechea, el ingeniero inventor del Talgo. Después
de décadas de decadencia de los trenes de cercanías y de mercancías, y de
absoluta hegemonía del AVE, la última serie emitida hasta el momento es de
septiembre de 2012, y da buena fe del paso del tiempo: se trata de la
reconversión de la antigua estación de Alcaudete (Jaén) en la Vía Verde del Aceite, una ruta
ecológica por la que ir andando o en bici.












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